La revancha de los poderosos. Lectura recomendada. Apuntes.
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En este libro, que considero imprescindible, Moisés Naím alerta de una nueva forma maligna del poder y su ejercicio, estrechamente relacionada con las técnicas de comunicación, como nuevo enemigo que amenaza nuestra libertad, nuestra prosperidad (individual y colectiva) e incluso nuestra supervivencia como sociedades democráticas que está muy lejos de poder ser garantizada. Comparto aquí aquellas ideas y contenidos del volúmen que considero de importancia fundamental para comprender la dinámica política (nacional e internacional), mediática y comunicativa que nos envuelve con el fin de estar mejor preparados para intentar sortear los enormes peligros que nos depara.
Encontramos hoy generalizada en muchos ámbitos de la política y en el acervo de los agentes que la controlan e instrumentalizan una variante revanchista que imita la democracia al tiempo que la socava, despreciando todos los límites. Algo así como si el poder hubiera hecho un balance de todos los métodos que las sociedades libres han ideado a lo largo de los siglos para domesticarlo y hubiera conspirado para contraatacar basándose en un núcleo compacto de estrategias para debilitar los cimientos de la democracia y consolidar su dominio maligno.
No existe ninguna ley natural ni social que nos conduzca hacia la democracia y la consolide, más bien, las democracias liberales son una excepción en la historia, un fenómeno extraño, al tiempo que las actuales dinámicas globales y locales evidencian, cada día más claramente, las amenazas a su supervivencia.
Las herramientas profusamente utilizadas por las oligarquías que aspiran a un poder absoluto son la violencia, el dinero, la tecnología, la ideología, la persuasión moral, el espionaje masivo y la propaganda. Obviamente, no son nuevas en la historia pero sus capacidades son, con las tecnologías, tácticas, organizaciones y mentalidades del siglo XXI, mucho más amplias y multinivel que nunca.
Los aspirantes a autócratas o a alguna porción de la tarta del poder han aprendido a aprovechar en beneficio propio tendencias como la migración, la inseguridad económica de la clase media, las políticas de identidad, los temores que suscita la globalización (más allá de su evidente problemática real), el poder de las redes sociales y la llegada de la inteligencia artificial.
Resulta imprescindible comprender sus estrategias, tácticas y técnicas porque no podemos defendernos de aquello que no comprendemos. Al mismo tiempo, los aspirantes a autócratas consideran a cualquier tendencia, organización o individuo que pueda debilitar su poder como una amenaza vital para ellos.
A pesar de las grandes diferencias nacionales, culturales, institucionales e ideológicas entre los países en los que surgen, sus guiones y herramientas son increíblemente similares. A todos los autócratas lo que les une es la certeza de que para consolidar el poder, necesitan desmantelar los controles y contrapesos existentes, ya sean los límites al mandato, la independencia de los fiscales, una prensa libre o la independencia judicial.
Aunque a menudo sea practicada por los autodenominados antiglobalistas, la revancha del poder es en sí misma un asunto completamente globalizado. El mismo tipo de estrategias y técnicas pueden observarse una y otra vez en distintos lugares y culturas.
Las 3P
Para Moisés Naím, la alquimia de su fórmula puede ser resumida en tres palabras o “las 3P”
Populismo
Polarización
Posverdad
Así, define a los agentes y sujetos que utilizan con profusión estos tres ingredientes en su cotidiana pugna por ampliar su poder sin medida ni escrúpulo alguno como “autócratas 3P” (o aspirantes a serlo).
Pueden considerarse como su modelo prototípico aquellos líderes políticos que llegan al poder a través de unas elecciones razonablemente democráticas para luego dedicarse a desmantelar los controles del poder ejecutivo mediante las mencionadas herramientas y oportunidades proporcionadas por el populismo, la polarización y la posverdad. A medida que consolidan su poder, ocultan sus planes autocráticos tras muros de secretismo, ofuscación burocrática, subterfugios pseudolegales, manipulación de la opinión pública y represión de críticos y adversarios. Una vez que la máscara se desprende, ya es demasiado tarde. Los autócratas del siglo XXI comienzan dedicando sus esfuerzos a mantener las apariencias democráticas y moderadas mientras socavan furtivamente la democracia y sus modos y maneras autocráticos y expoliadores se van haciendo más evidentes aunque siempre tras la cortina de humo de la negación plausible por increíble que esta sea.
Populismo
Contemplado por Naím como una estrategia para obtener y mantener el poder. Personalmente coincido con Cas Mudde en concebirlo también como una técnica de comunicación, una estructura narrativa asombrosamente simple y polivalente.
Uno de sus atractivos es la versatilidad: el populismo como estrategia puede funcionar en una gran variedad de contextos y hacerse compatible con prácticamente cualquier ideología, incluso, con ninguna ideología o contra ellas.
Los populistas definen una esfera política claramente dividida en dos: la élite corrupta y codiciosa frente al pueblo noble y puro, pero traicionado y agraviado. Todos los problemas del pueblo se derivan de las decisiones -a menudo conspiratorias, siempre corruptas- de una élite voraz. Los líderes populistas se presentan como la encarnación de la voluntad del pueblo y defienden su causa contra esa élite corrupta.
Patrones similares emergen cuando analizamos la forma en que los populistas organizan su carrera por el poder: catastrofismo; criminalización de los rivales políticos, empleo profuso de las amenazas externas; militarización y paramilitarización (dependiendo de las sociedades, a veces, no de forma muy evidente); deterioro de las fronteras nacionales; les encanta denigrar a los expertos e intelectuales; atacar a los medios de comunicación; aprovechar cualquier elemento que pueda servir para minar la confianza y crear confusión; modos y maneras mesiánicos (más o menos edulcorados según los entornos sociales)…
Una vez que se establece el marco populista, se prepara el escenario para la segunda estrategia utilizada para alcanzar y mantener el poder: la polarización.
Polarización
En términos generales consiste en agudizar, resaltar, fabricar o inventar contradicciones y que estas sean asumidas por la esfera pública como un marco de encuadre de la realidad socio política.
Se pretende definir o enfocar en lugar preeminente las diferencias que no sólo enfrentan a adversarios políticos, sino también a los miembros de la familia, los amigos, los colegas y los vecinos. La polarización elimina la posibilidad de un término medio, de matices, de escala de grises, empujando a todas las personas, organizaciones y agentes sociales a tomar partido y, a ser posible, de forma excluyente a cualquier compromiso intermedio.
Adopta la dinámica del hooliganismo en la que se defiende ciegamente a la estrella favorita mientras se aborrece visceralmente a las estrellas rivales.
Otro de los principales recursos utilizados para polarizar el debate público y a la sociedad en general es la identidad. Los asuntos identitarios hacen especial hincapié en todos aquellos aspectos relativos a la natural aspiración y demanda de reconocimiento y dignidad. En un entorno político polarizado, el hooliganismo y las cuestiones identitarias exacerbadas no dejan espacio para hacer concesiones, tender puentes entre las partes o establecer treguas temporales entre los bandos. A medida que avanza la polarización, los rivales políticos pasan a ser tratados como enemigos.
La polarización puede alimentarse de forma unilateral simplemente exacerbando la retórica en un bando y confiando en que la reacción del otro lado haga su mitad del trabajo. La polarización actúa como una fuerza centrípeta poderosa, concentrando en el autócrata el poder que se dispersaría y decaería en su ausencia.
En el caso de Donald Trump, sus seguidores experimentaron el desprecio de la élite hacia él como el desprecio de esa élite hacia ellos. De este modo, cuanto más le atacaba la élite, más fuerte se hacía.
Trump explotó los sentimientos de la población en torno a poderosos ejes.
Su personaje conectó con los sentimientos de una gran parte de personas de ser ignorado, de estar atrapado y asediado. Aprovechó el hartazgo general y el descrédito de la política para alcanzar a su público mediante mensajes simples, clichés sonrojantes y palabras que denotaban ira para galvanizar a sus bases.
Todo aspirante a autócrata sabe que actualmente las personas con mayor motivación para votar son movidas por la identificación partidista más que por las preferencias ideológicas o temáticas. La hostilidad hacia el partido contrario resulta ser una de las motivaciones más poderosas para votar. De hecho, diversos estudios han confirmado que, por ejemplo en EEUU, la afiliación partidista es un mejor predictor de la hostilidad hacia un grupo que la raza.
Este proceso de polarización no es simétrico, en general se observa un desplazamiento de la derecha hacia posiciones extremas, incluso neofascistas, mucho más rápido e intenso que el de la izquierda hacia su correspondiente polo.
Las estrategias comunicativas de los aspirantes al totalitarismo siempre acaban beneficiándose de la política como espectáculo, como un entretenimiento similar al fútbol donde el principal atractivo es el enfrentamiento con los rivales, el drama y el morbo en torno a él y a sus figuras. Una vez que el entretenimiento y la cultura del famoseo se erigen como centro de atención en la política de una nación, son difíciles de desplazar. Si no se contienen pronto, la política como entretenimiento tiende a la metástasis, extendiéndose a partes del cuerpo político anteriormente no afectadas.
Posverdad
El concepto de posverdad va mucho más allá de la simple mentira, el aspirante a autócrata o tirano consolidado va mucho más allá de la mentira y pretende negar la existencia de una realidad independiente y verificable. Uno de sus principales objetivos a la hora de diseñar la agenda en materia comunicativa es enturbiar las aguas hasta el punto de que sea difícil o imposible discernir la diferencia entre lo verdadero y lo falso desde el principio. Pretende la desaparición de cualquier estándar objetivo compartido de lo que es la realidad de los hechos elaborando un cieno opaco mezclando como iguales y equivalentes los hechos alternativos, las mentiras, el conocimiento, las opiniones, las creencias y la verdad.
La decadencia de la verdad
Esto nos recuerda a Kavanagh y Rich (2018) que definen la Decadencia de la Verdad como un conjunto de cuatro tendencias relacionadas:
- un creciente desacuerdo acerca de los hechos y las interpretaciones analíticas de los mismos
- la difuminación o desaparición de la línea que separa la opinión de los hechos
- el aumento del volumen relativo, y la consiguiente influencia, de la opinión y las experiencias personales sobre los hechos
- la disminución de la confianza en las fuentes de información objetiva que anteriormente gozaban de prestigio.
Así, las noticias falsas son emocionales en el sentido de que tienen correlaciones psicológicas individuales muy reales y negativas, creando desincentivos individuales hacia la acción colectiva necesaria para una política democrática genuina.
El entramado de las 3P
El marco de las 3P diseña un sistema para hacerse con el poder ilimitado, ejercerlo y mantenerlo en un mundo que no reconoce ése tipo de poder como legítimo. Resuelve el problema fingiendo lealtad al consenso liberal, mientras lo corroe desde dentro.
En el siglo XXI, marcado por la expansión de la libertad personal, la movilidad y el acceso a la información, las apelaciones a la fuerza son menos toleradas que en el pasado.
El marco de las 3P permite a los nuevos autócratas presentarse como la encarnación de la verdadera voluntad del pueblo, que es negada por las élites corruptas que se enseñorean del poder, siendo ocultada por los medios de comunicación corruptos. Les permite reclamar ser la auténtica voz del pueblo incluso cuando desmantelan las instituciones que posibilitan que las verdaderas voces del pueblo sean escuchadas.
Las autocracias actuales con frecuencia surgen devorando la democracia desde dentro, del mismo modo que las larvas de algunas avispas consumen desde sus entrañas a las arañas a las que parasitan.
El sigilo, la impostura, la mascarada, son algunas de las tácticas fundamentales empleadas por los aspirantes a autócratas para concentrar el poder en entornos democráticos donde la tendencia natural es su dispersión.
En la actualidad, los autócratas emergentes que aspiran a un poder absoluto necesitan, ante todo, un sistema fiable para eludir los controles y contrapesos a su poder.
Los controles y equilibrios básicos se aplican a través del Estado de Derecho. Por lo tanto, para ejercer un control autocrático libre de esas limitaciones, lo primero es encontrar una forma fiable de subvertir al Estado de Derecho, manteniendo siempre las apariencias de legalidad y orden constitucional. Esto lo consiguen principalmente estableciendo una pseudolegalidad que les posibilite corroer al Estado de Derecho desde dentro.
Pseudolegalidad
La pseudolegalidad es un facsímil corrupto del Estado de Derecho que es, de hecho, su enemigo mortal. El pseudo derecho es a la Ley lo que la pseudociencia es a la Ciencia.
Así, La ciencia basura, disfrazada de real, se utiliza una y otra vez para justificar lo injustificable, remedando el lenguaje, las formas y las maneras de la Ciencia real que es universalmente aceptada como la forma de alcanzar un conocimiento auténtico o, al menos, razonablemente válido, sobre el mundo natural, social y político. Por eso, aquellos intereses particulares que pretenden sembrar la confusión respecto al conocimiento científico suelen optar por imitarlo en lugar de negarlo.
La maniobra básica es siempre la misma: apropiarse de las apariencias propias de la ciencia para ocultar los hallazgos de los verdaderos científicos. La pseudolegalidad sigue el mismo patrón: adopta el lenguaje y las formalidades de la ley en un intento de socavar su esencia.
En ése legalismo autocrático el método común es erosionar la imparcialidad de la ley. El objetivo del aspirante a autócrata es siempre usar y abusar de la ley para protegerse a sí mismo y a sus aliados. En algunos casos, estos ardides de concentración de poder tienen lugar en lo más profundo de la burocracia gubernamental y son tan arcanos que, en la práctica, son invisibles para el público.
En realidad, lo que se pretende con la pseudolegalidad no es engañar a nadie, al menos no en el sentido de conseguir que acepte algo falso como verdadero. Por el contrario, la pseudolegalidad debe ser considerada como un instrumento de la posverdad. Su objetivo es enturbiar las aguas, crear la suficiente confusión en torno a la legitimidad de una acción para permitir que siga adelante, atraer a los oponentes a debates legales intratables a los que sólo puede acceder la élite, explotando la superficialidad de los conocimientos del público sobre los principios constitucionales y crear el suficiente espacio para la duda para que la imposición siga adelante, así como desvirtuar el propio sistema legal, corrompiéndolo y dejándolo carente de sustancia como control del poder ejecutivo.
Volviendo al símil de los argumentos pseudocientíficos, estos están diseñados no tanto para vencer en el debate como para provocar un estancamiento intelectual: crear una controversia que el público en general se sienta incompetente para dirimir. El objetivo de controlar a jueces y fiscales, de las sentencias absurdas y de las interpretaciones descabelladas de las leyes es crear confusión y sembrar la duda sobre lo que es y lo que no es legal, un debate que les ayuda a seguir adelante con sus planes.
La política como espectáculo
La política del fandom, del hooliganismo y la desaparición de la línea divisoria entre política y entretenimiento suponen importantes implicaciones para la forma en que los políticos compiten por el poder, ahora y en el futuro. La nueva era desprecia el conocimiento de los especialistas en política y sociedad, la decencia real de los políticos (más allá de la impostada), la verdadera búsqueda del siempre complejo Bien Común, la capacidad de negociar y de llegar a compromisos pragmáticos…
En un sistema político en el que proliferan las tres «Ps» del populismo, la polarización y la posverdad, lo que cuenta es construir y mantener una base de seguidores lo suficientemente devota como para respaldarte en cualquier circunstancia (y si hablamos de entornos social media, siempre pueden amplificarse con ejércitos de bots).
Una paradoja
En éste contexto se produce una paradoja: las nuevas formas de poder político con aspiraciones autocráticas que resurgen se basan en el sigilo, la ocultación de las maniobras del poder bajo una bruma de subterfugios pseudolegales y disimulo. Pero los líderes que se benefician de estas estrategias son todo menos invisibles. Muy conscientes de su propia imagen, trabajan constantemente para proyectarse en la conciencia de sus seguidores, y sus personajes se convierten en el centro de las identidades de sus partidarios.
A primera vista, ambas tendencias parecen contradictorias, pero en realidad están profundamente entrelazadas en el funcionamiento del marco de las 3P. El vaciamiento de las antiguas instituciones -jurídicas, mediáticas y sociales- que antes mediaban entre los ciudadanos y los gobernantes hace posible el nuevo planteamiento al eliminar las barreras entre los líderes y los instrumentos de poder, y entre los líderes y sus seguidores. Sin la desintermediación de la esfera política, las 3P no funcionarían con la misma eficacia.
La antigua separación entre la política y el espectáculo imponía su propio conjunto de barreras: las instituciones formales (como las leyes, las cámaras legislativas y los tribunales) y las normas informales (el decoro, la «dignidad del cargo», etc.) eran formas muy eficaces de acotar el poder. Cuando los políticos son sólo servidores públicos, es mucho más fácil para el sistema político imponer restricciones a su comportamiento. El estatus de celebridad de los aspirantes a autócratas 3P hace que esas restricciones sean menos estrictas. Sus seguidores tienen tal cantidad de sentimiento identitario invertida en los líderes que no pueden permitir que fracasen aunque sea a costa de mentir, creerse las mentiras y tolerar indignidades. De este modo, cuando los líderes políticos convertidos en celebrities infringen alguna regla o norma fundamental, sus fans no arremeten contra sus líderes, sino contra la regla y contra los que la defienden.
Al igual que los seguidores del deporte o de la música, los hinchas políticos construyen su sentido de identidad en gran medida a través de su identificación con sus celebrities favoritas. Los fanáticos perciben los ataques a las celebridades que estructuran su identidad como ataques a ellos mismos. Defienden a sus figuras para protegerse, ante todo, a sí mismos.
Explotar clivajes, brechas y resentimientos existentes o crearlos.
Una de las principales destrezas de cualquier populista, ya sea nuevo o antiguo, es identificar, para explotarlas, las áreas de choque, resentimientos y conflictos irreductibles en las sociedades. La clave consiste en percibir, antes que nadie, qué fuente de resentimiento está madura para ser explotada. El rencor por los privilegios de las élites (o supuestas élites definidas según conveniencias) es la condición previa que los populistas están llamados a aprovechar; el truco está en saber cuándo y cómo.
El discurso y la política del resentimiento se convierten automáticamente en el discurso y la política de la venganza.
Los agravios que aprovechan los autócratas de la 3P son de diferentes tipos. Estos conflictos, en lugar de servir de base para identidades amplias y extensamente inclusivas, configuran tribus -grupos de seguidores intensamente fieles que se agrupan bajo la lógica de la política basada en el fandom, en el fanatismo. En lugar de establecer distinciones ampliamente inclusivas, estos agravios son manejados para configurar identidades estrechas que potencian la lógica de la polarización.
La clave para polarizar intensamente la esfera política es situar el apoyo político a los líderes populistas en el núcleo conformador de la identidad de sus partidarios.
Cuando las discrepancias políticas se convierten en identitarias, el debate político deja de ser una confrontación de ideas para convertirse en un conflicto entre visiones incompatibles de lo que se considera la Vida Buena, la vida virtuosa.
La identidad es una poderosa arma en la caja de herramientas del autócrata 3P, ya que resulta muy útil en ambos sentidos. No sólo redefine la autocomprensión de los adeptos del autócrata, sino también la de sus oponentes. Una prueba de su versatilidad es que la identidad puede llegar fácilmente a no necesitar estar ligada a ninguna agenda ideológica.
Por ejemplo, los hackers al servicio del Servicio de Inteligencia Exterior ruso han sabido avivar activamente las divisiones en la sociedad española, la desinformación online se ha disparado, creando un clima generalizado de posverdad. Rusia ha financiado, directa o indirectamente, tanto al partido ultraderechista VOX como al movimiento separatista catalán. En España, nadie sabe lo que es verdad, salvo una cosa: el otro bando es malvado.
La paradoja de la confianza
Actualmente, la gente está cada vez menos dispuesta a creer y confiar en los conocimientos, ideas y opiniones de los auténticos expertos que han dedicado su trayectoria a estudiar minuciosamente un campo determinado. Por si fuera poco, dicho escepticismo viene acompañado de una nueva disposición a aplaudir y confiar en charlatanes que venden respuestas simples a cuestiones complejas. Unas respuestas de embaucadores o ignorantes atrevidos que se difunden a una velocidad sin precedentes a través de los medios sociales.
Esta rápida difusión en redes sociales de las respuestas simplistas, los clichés y los lemas que ofrecen falsas soluciones a cuestiones importantes se ve facilitada por nuestra irresistible tendencia a difundir los mensajes que confirman nuestros sesgos y prejuicios preexistentes, atenuando o enmudeciendo cualquier disonancia cognitiva y, de paso, reforzando nuestra identidad.
De este modo, en manos de populistas absolutamente indiferentes a la verdad y encantados de explotar la paradoja de la confianza al servicio de la polarización, el escepticismo respecto a las opiniones complejas y matizadas de los expertos se convierte en una herramienta de eficacia devastadora.
Antiintelectualismo
Cuando un número suficiente de votantes se aleja de las élites intelectuales, el antiintelectualismo puede convertirse en un arma ideológica devastadora. En la mentalidad simplista y sin, por decirlo suavemente, escrúpulos epistemológicos del populista, un tufo de sospecha se aferra a la abstracción, a la teorización y, en general, a cualquier sofisticación en el razonamiento y la argumentación que es ajena al pueblo puro cuyos intereses el populista dice representar.
La desconfianza hacia los grupos definidos por el líder como élites se convierte en desconfianza hacia las herramientas que éstas utilizan para mantener su poder. Pronto, la hostilidad se extiende al esfuerzo intelectual de cualquier tipo y a los pilares institucionales de ese esfuerzo: las universidades, las publicaciones de la “élite”, las instituciones dedicadas a la investigación… En general todo el sistema de credenciales académicas diseñado para certificar el conocimiento y la pericia.
Una vez instalado en el poder, el totalitarismo reemplaza sistemáticamente a todos los especialistas y talentos de primer orden, independientemente de sus simpatías, por chiflados, fanáticos y necios cuya falta de inteligencia y creatividad sigue siendo la mejor garantía de su lealtad.
¿Por qué aumenta la tolerancia de la gente hacia el autoritarismo?
Las experiencias cotidianas de crisis y trastornos económicos se añaden a la percepción de que la sociedad está cambiando demasiado rápido de una forma que la gente percibe como amenazante. Esta percepción de amenaza activa predisposiciones psicológicas ampliamente compartidas, aunque normalmente latentes, hacia el autoritarismo y la preferencia por líderes autoritarios. La fragmentación y degradación del poder del Estado-nación es una de las mayores razones por las que la población considera amenazante su entorno social, sin que sea tan evidente que, probablemente, la principal amenaza a su seguridad y bienestar provenga de los actores que capturan e instrumentalizan con sigilo las Instituciones del Estado en beneficio propio.
Dado que el Estado y sus tradicionales instrumentos de poder están siendo cada vez más acotados o reducidos, está perdiendo la capacidad de promover el bienestar económico de sus sociedades, sus ciudadanos están ávidos de soluciones cada vez más radicales a los problemas que los políticos tradicionales parecen no querer abordar o no poder resolver.
La reacción a la creciente ineficacia del Estado-nación para amparar a sus ciudadanos frente a las crecientes amenazas de un mundo incierto es un motor fundamental de la demanda de gobiernos autoritarios en el siglo XXI.
Nos enfrentamos a retos medioambientales extraordinarios en nuestra relación con los recursos naturales; a un sistema económico que ha generado niveles extraordinarios de desigualdad; y a un nuevo mundo multipolar sin una potencia dominante.
La desigualdad y el poder corrosivo de las expectativas frustradas
Las sociedades no abandonan los principios democráticos por capricho. Lo hacen tras periodos sostenidos de trastornos, decepción y degradación de su nivel de vida.
Cuando la masa de ciudadanos que llega a la conclusión de que el progreso personal es un sueño imposible alcanza un determinado nivel crítico, los autócratas encuentran su coto de caza ideal no tanto entre los pobres, sino entre los desencantados: personas que han esperado un nivel de bienestar material y prestigio social y ahora ven frustradas o en grave amenaza sus expectativas.
Las expectativas frustradas respecto al estrato social ocupado y la percepción de posibilidades reales de descenso en la pirámide social crea una disonancia de estatus: la frustración que surge cuando las personas llegan a la conclusión de que su progreso económico y social está bloqueado y se encuentran atrapadas en un escalón inferior al que esperaban ocupar en la sociedad. Atrapados en la decepción de una vida que no está a la altura de las expectativas que se habían formado.
Modelo de inestabilidad política de las » expectativas frustradas «.
La modernización ha sido extraordinariamente eficaz a la hora de generar una disonancia de estatus a escala masiva, y por eso ha provocado una agitación política desestabilizante. Esto ha posibilitado la conformación de nuevos y variados grupos identitarios en torno a candentes sentimientos de agravio. De un modo u otro, les une la experiencia real de haberse visto relegados económicamente, ignorados culturalmente e inmersos en una sociedad cada vez más ajena y amenazante.
Ante todo demandan protección. Su objetivo es hacer retroceder una marea de cambios que les son ajenos y están fuera de su control, más que facilitar el camino hacia una utopía terrenal.
La idea básica se mantiene: cuando una masa crítica de ciudadanos siente que sus expectativas en la vida se han visto defraudadas, rápidamente se produce una crisis. Y en el mundo actual, aquellos cuyas expectativas se han visto frustradas son capaces de ponerse en contacto entre sí y construir comunidades con significado de una manera que nunca antes había sido tecnológicamente posible.
La novedad radica en que las tecnologías permiten ahora a los individuos forjar nuevas identidades a través de comunidades online que validan sus experiencias y allanan un camino hacia la radicalización a sus miembros más beligerantes.
La colisión entre los odios particulares y las comunidades de odio en Internet ha demostrado resultar letal. Los individuos aislados de antaño se convierten en miembros de colectivos con capacidad para ser agresivamente disruptivos, incluso peligrosos. Las nuevas tecnologías han puesto por primera vez al alcance de millones de individuos opiniones extremas y, al mismo tiempo, han reducido las barreras que antes impedían que las personas que suscribían esas opiniones actuaran de forma coordinada entre sí. La combinación resulta explosiva.
Diversos estudios corroboran el hecho de que la preocupación por las amenazas está fuertemente correlacionada con el apoyo a las políticas que refuerzan la vigilancia y el control del Estado sobre las minorías estigmatizadas.
En éste sentido, Diana Rieger, de la Universidad Ludwig-Maximilians de Múnich mostró que los estudiantes alemanes en un entorno experimental fueron significativamente más propensos a dejarse influir por la propaganda de extrema derecha si habían sido previamente inducidos a centrarse en las amenazas. Inducir a los estudiantes a sentirse amenazados también reforzó su identificación con la nacionalidad alemana.
No son imaginaciones
Es necesario subrayar que las amenazas percibidas por la ciudadanía no son imaginarias. Las dificultades económicas son una realidad para amplias franjas de la clase media en todo el mundo desarrollado. Los ingresos de la clase media se han estancado a pesar del aumento de la productividad y aunque las políticas fiscales y las transferencias de ingresos han atenuado el impacto, no pueden anularlo. Las personas de la clase trabajadora y de la clase media de todo el mundo desarrollado han perdido la confianza en su capacidad para lograr la vida que sus padres disfrutaron durante el apogeo del boom de la posguerra. Sienten que su lugar en el orden moral está amenazado porque su lugar en el orden económico está amenazado.
El auge de la política autoritaria y la clase de movimientos marginales que Internet potencia no son sólo una consecuencia mecánica de la ansiedad económica. Un catalizador importante es el miedo a que el orden moral de la sociedad se vea amenazado.
El aumento de la inseguridad económica tiende a traducirse en el apoyo al autoritarismo en la derecha mucho más que al centro-izquierda. En estas circunstancias y “convenientemente” orientada a ello por diversos actores, la ciudadanía tiende a caer en el cinismo a la hora de evaluar los efectos positivos del Estado de Bienestar y sus capacidades para amortiguar los golpes de la transformación económica, originando una suerte de nihilismo político: si “el Estado no me ayuda a mí», parece sentir mucha gente, «que no ayude a nadie».
En este nuevo mundo, los mensajes autoritarios no tienen problemas para calar hondo en oídos imprimados para aceptarlos.
Esclerosis institucional: una patología de la democracia
La democracia liberal es a menudo frustrante. Los inevitables retrasos, compromisos y medias tintas que son inevitables en una democracia siempre han hecho que los ciudadanos estén descontentos con el gobierno. La democracia no está diseñada para conseguir victorias permanentes. De hecho, ocurre todo lo contrario. En los mejores sistemas democráticos, los compromisos son complicados y dejan a todos un poco, pero nunca demasiado, insatisfechos.
En un estudio del Centro para el Futuro de la Democracia de la Universidad de Cambridge, se comprobó que la proporción de personas en las democracias desarrolladas insatisfechas con la democracia subió del 48% al 58% en 2019, el nivel más alto jamás registrado. De nuevo, un factor determinante es el estancamiento y, en algunos países, el declive del nivel de vida de las clases medias.
Siguiendo a Mancur Olson, la esclerosis institucional es la forma disfuncional, ineficiente e injusta en que las democracias establecidas a lo largo del tiempo acumulan obstáculos que dificultan la capacidad del gobierno para proporcionar bienes públicos.
Los beneficios comunes reportados por los bienes públicos son difusos, pero los costes de proporcionarlos suelen concentrarse en un grupo más pequeño (por ejemplo mediante una fiscalidad progresiva en función de las rentas). Además, las inversiones en bienes públicos dan resultados a más largo plazo, mientras que los bienes y servicios producidos por el sector privado ofrecen rendimientos más rápidos.
Cuando los beneficios potenciales se distribuyen ampliamente entre una sociedad y los costes son asumidos por un grupo específico capaz de organizarse para defender el statu quo, se produce la esclerosis institucional. Como consecuencia de la capacidad y el interés en organizarse de estos grupos y citando a Olson, “en las democracias consolidadas, las políticas que concentran las ganancias en unas pocas manos y reparten las pérdidas entre muchas tienen una ventaja intrínseca, independientemente de que las ganancias totales superen las pérdidas totales”.
Del mismo modo, las políticas que amenazan con imponer pérdidas a unos pocos aunque distribuyan las ganancias por toda la sociedad tienen una desventaja estructural, incluso cuando son beneficiosas desde el punto de vista del Interés General.
Esto suele conducir a la captura regulatoria: situación en la que determinados sectores, a través de los grupos de presión y las donaciones políticas, son capaces de ejercer una enorme influencia sobre los gobiernos y las agencias reguladoras que se supone deben vigilarlos. En todas las democracias maduras, los grupos de interés bien organizados son cada vez más «dueños» de los procesos de toma de decisiones en las áreas temáticas que les conciernen.
Una actualización
Según Naím, el enfoque de Olson requiere de una actualización. La esclerosis institucional en las democracias actuales no se manifiesta debido exclusivamente a un bajo crecimiento económico. Por el contrario, a medida que la desigualdad de ingresos se agudiza entre el estrato superior y el resto, el propio crecimiento se ha convertido en una de esas políticas que benefician mucho a unos pocos y escasamente a la mayoría.
Las democracias actuales, acorraladas por un mayor número de áreas políticas que han sido capturadas por los intereses de la industria, tienen cada vez más dificultades para encontrar respuestas adecuadas a las demandas de los votantes.
La esclerosis institucional se nutre del secreto, de la opacidad, de esa cobertura que proporciona la complejidad y el oscurantismo. Los grupos de presión trabajan en silencio, protegidos por el hecho de que su objetivo es dar forma a normas opacas que sólo
benefician a unos pocos. Mientras, los políticos que favorecen sus intereses procuran, a su vez, mantenerlo en secreto.
La esclerosis institucional, el descrédito y el desempoderamiento de los gobiernos nacionales son una receta infalible para enviar a los países al mortífero círculo vicioso de la antipolítica.
Antipolítica
La antipolítica se torna especialmente peligrosa cuando coincide en un entorno con corrupción endémica, delincuencia generalizada y una economía deteriorada.
La antipolítica es una poderosa fuerza centrífuga: destruye las bases de la política democrática, creando los espacios para que los aspirantes a autócratas tomen el control.
Las sociedades en las garras de la antipolítica suelen encontrarse con que ya no pueden llegar a acuerdos sobre un conjunto de hechos objetivos compartidos. Se trata de una tendencia amplificada y dinamizada por la tercera P: la posverdad, cuyo empleo como arma disolvente reescribe la historia y enloda las aguas para hacer imposible conocer los hechos auténticos.
No se trata de difundir esta o aquella mentira, sino de destruir la posibilidad de la verdad en la vida pública. Todo combinado supone una amenaza existencial para la continuidad de los gobiernos y las sociedades libres.
Una sociedad que no puede ponerse de acuerdo sobre una base fáctica para debatir o tomar decisiones se ve incapacitada para progresar. No pueden existir leyes, ni votaciones, ni gobierno, ni ciencia, ni democracia sin una comprensión compartida de lo que es verdad y lo que no. Por supuesto, una base de hechos comúnmente acordada es sólo el principio. Las sociedades sin una fuente independiente de cuestionamiento o escrutinio tampoco son deseables.
Propaganda desinformativa
La propaganda desinformativa de agentes políticamente motivados o países como Rusia (por citar uno de máxima actualidad aunque no es el único) se contradice alegremente de un día para otro porque su objetivo no es ser creída, sino ser repetida y, de ese modo, ofuscar y confundir, al tiempo que interrumpir la difusión de la información veraz.
Sinan Aral, en uno de sus trabajos, llega a la conclusión de que los usuarios humanos son un 70% más propensos a retuitear noticias falsas que historias verdaderas en Twitter. Esto se debe a que somos adictos a la novedad. Más que un sesgo a favor de lo falso, lo que el ser humano muestra es un sesgo a favor de lo inesperado, impactante y novedoso. Las noticias falsas suelen resultar mucho más inesperadas, impactantes y sorprendentes que las reales.
Dado que cualquier acontecimiento que polarice y divida a las sociedades democráticas se convierte en una oportunidad para la propaganda, éste hecho no es desaprovechado para orientar el sentido de muchas de las fake news.
El verdadero periodismo que se ciñe a las normas tradicionales de exactitud y verificación nunca podrá igualar a la desinformación en un aspecto fundamental: la novedad. Y, como ya se ha apuntado, nuestros cerebros están programados para buscar información novedosa.
El resultado es una suerte de disfunción periodística que provoca que la información basura desplace sistemáticamente a la información de calidad. Y si la situación es nefasta en la esfera pública, resulta aún peor en el ámbito ambiguo y semi privado de redes sociales y mensajería.
Este novedoso panorama mediático, en el que la frontera entre los distintos tipos de noticias es difusa, se presta de forma excepcional a una estrategia sencilla: inundar la zona. El mero hecho de generar tal volumen de mensajes -muchos falsos, casi todos engañosos- y hacerlos llegar a la gente a través de canales no regulados (y no regulables) hace que la desinformación sea funcionalmente imposible de contrarrestar.
