Comparto algunas consideraciones que David Runciman hace en The Handover. Profile Books, 2023. En relación a las limitaciones de la inteligencia humana y de las instituciones y organizaciones públicas y privadas. En su análisis intenta comprender las tensiones entre la capacidad intelectual de los seres humanos, la lógica de las instituciones, y cómo esta interacción determina el curso de la humanidad, especialmente en una época en la que los riesgos existenciales y las oportunidades tecnológicas son tan altos.
Los estados y las corporaciones, aunque a menudo son vistos como agentes de cambio, en realidad están más orientados hacia la estabilidad y la continuidad que hacia la innovación. Se han diseñado a lo largo de los siglos para perdurar, lo que significa que sus prioridades no son necesariamente las mismas que las de los individuos inteligentes que buscan implementar cambios. Estas instituciones responden a incentivos internos que privilegian su supervivencia, a veces incluso a costa de la innovación o de los intereses más amplios de la sociedad. Las corporaciones, por ejemplo, están regidas por intereses económicos, legales y burocráticos que pueden limitar su capacidad de tomar decisiones arriesgadas o de emprender proyectos que no ofrezcan rendimientos inmediatos. Del mismo modo, los estados suelen ser lentos a la hora de adoptar políticas innovadoras, ya que están atados por procesos burocráticos, leyes y sistemas democráticos que, aunque esenciales para la legitimidad, frenan la capacidad de reaccionar rápidamente a nuevas oportunidades o amenazas.
A nivel individual, las personas más inteligentes y con mayor capacidad crítica se enfrentan a un dilema cuando trabajan dentro de estas instituciones. Aunque el intelecto humano tiene un potencial enorme para el pensamiento creativo y para resolver problemas complejos, este potencial queda frecuentemente sofocado por las reglas y la estructura jerárquica que las instituciones imponen. Los mecanismos burocráticos suelen ser impermeables a la genialidad individual. Los procesos de toma de decisiones dentro de los estados y las corporaciones están diseñados para seguir normas y procedimientos que garantizan la previsibilidad, pero también hacen que las ideas radicalmente innovadoras o disruptivas sean vistas como amenazas. Los sistemas jerárquicos también pueden penalizar la disidencia o el pensamiento no convencional, lo que significa que incluso cuando se cuenta con un equipo de personas talentosas, sus ideas pueden ser neutralizadas o marginadas por el simple hecho de no encajar en el molde institucional. Las instituciones, al estar orientadas hacia su propia preservación, no necesariamente valoran la inteligencia como el principal criterio para la toma de decisiones. En política, por ejemplo, el éxito suele depender más de habilidades como la negociación, la lealtad a las normas institucionales y la capacidad de movilizar apoyo popular, que de una brillante capacidad intelectual o un profundo entendimiento de los problemas a largo plazo.
Otro de los puntos importantes es lo que podríamos llamar «miopía institucional«. Los estados y las corporaciones tienden a enfocarse en objetivos a corto plazo, como ganar elecciones, maximizar beneficios trimestrales o simplemente mantener el status quo. Esta perspectiva a corto plazo impide que se tomen decisiones con visión de futuro, que puedan abordar los riesgos existenciales o aprovechar las oportunidades a largo plazo. Esto se debe, en parte, a que las instituciones son demasiado rígidas y no tienen los incentivos adecuados para adoptar una visión a largo plazo, ya que sus metas están condicionadas por ciclos políticos, electorales o financieros que limitan su capacidad para pensar en términos de siglos o milenios. La toma de decisiones en instituciones grandes y complejas suele estar distribuida entre múltiples actores, lo que significa que las soluciones inteligentes o innovadoras pueden quedar atrapadas en un mar de procesos de consenso o compromisos que, al final, diluyen las ideas más audaces. Incluso cuando las instituciones buscan adoptar estrategias innovadoras, estas se ven comprometidas por la necesidad de equilibrar múltiples intereses, lo que tiende a llevar a soluciones mediocres o conservadoras.
La paradoja de la inteligencia colectiva
A pesar de las limitaciones inherentes a las instituciones, en teoría, estas deberían aprovechar la «inteligencia colectiva» de sus miembros para tomar mejores decisiones. Sin embargo, en la práctica, esto rara vez sucede. La inteligencia colectiva es a menudo menos efectiva de lo que debería ser, ya que los procesos de toma de decisiones colectivos dentro de las instituciones pueden generar «pensamiento grupal» (groupthink), donde las ideas que desafían el consenso predominante son ignoradas o reprimidas. Las instituciones suelen ser entornos en los que las dinámicas de poder y la política interna pueden ser más influyentes que el razonamiento lógico o la evidencia científica. Las decisiones se toman con base en lo que es políticamente factible o en lo que satisface a los principales actores de poder, más que en lo que es necesariamente lo más inteligente o lo mejor para el futuro a largo plazo. Esto genera una desconexión entre el potencial intelectual de los individuos y las decisiones que se toman en las instituciones.
La inteligencia en el contexto político: el caso de Bankman-Fried
Un ejemplo concreto mencionado en el texto es el caso de Sam Bankman-Fried, quien es considerado extremadamente inteligente por sus logros académicos (matemáticas y física en MIT) y por su éxito temprano en el mundo empresarial. Sin embargo, su caída pone de relieve que la inteligencia individual no es suficiente para lidiar con éxito en el mundo de las decisiones institucionales, que requieren más que simplemente ser brillante. La política y los negocios están llenos de personas inteligentes cuyas ideas no logran tener impacto porque las instituciones no están diseñadas para implementar las mejores ideas, sino para perpetuarse. Esto subraya un hecho clave: la inteligencia no siempre es el principal criterio para el éxito en la toma de decisiones dentro de las instituciones. De hecho, puede ser secundario a otras habilidades como la adaptabilidad a la cultura institucional, la habilidad para formar alianzas estratégicas o la disposición para comprometerse en situaciones donde las soluciones óptimas no son posibles.
Las limitaciones de las instituciones para aprovechar la inteligencia humana plantean un riesgo: la desconexión entre la capacidad intelectual disponible y el poder real para tomar decisiones críticas. En un mundo que enfrenta desafíos complejos, como el cambio climático, la desigualdad global y los riesgos asociados con la inteligencia artificial, la incapacidad de las instituciones para implementar las ideas más inteligentes podría llevar a decisiones desastrosas o inadecuadas. Esta desconexión también significa que las soluciones más innovadoras y de mayor alcance podrían quedar fuera del debate público o relegadas a nichos de discusión, mientras las instituciones persisten en enfoques que simplemente mantienen el sistema funcionando sin abordar los problemas más profundos.
El papel de las instituciones en la era de la inteligencia artificial
En el contexto de la inteligencia artificial, estas limitaciones se vuelven aún más evidentes. Las instituciones humanas, diseñadas en siglos pasados, no están bien equipadas para lidiar con la velocidad y la escala del cambio tecnológico actual. La inteligencia artificial puede tomar decisiones mucho más rápido de lo que cualquier organismo humano o institución puede procesar, y la capacidad de las instituciones para adaptar sus mecanismos de toma de decisiones a este nuevo ritmo es muy limitada. Se plantea una cuestión crítica: si las instituciones no pueden ser lo suficientemente inteligentes o rápidas para gestionar la IA, ¿qué papel pueden realmente jugar en el futuro? Y si no son capaces de adaptarse, ¿cómo podemos asegurar que las decisiones clave sobre el futuro de la humanidad –como la regulación de la IA, la mitigación de riesgos existenciales o la promoción de una sociedad más equitativa– se tomen de manera efectiva?
Las instituciones humanas, en su forma actual, no están diseñadas para aprovechar al máximo la inteligencia humana ni para gestionar los desafíos del siglo XXI. Aunque la inteligencia individual tiene un enorme potencial, está limitada por las estructuras burocráticas, los incentivos internos y la falta de flexibilidad de los estados y las corporaciones. Resulta necesario repensar cómo las instituciones pueden ser reformadas para enfrentar el futuro de manera más efectiva y cómo las personas inteligentes pueden trabajar dentro y fuera de estas estructuras para maximizar su impacto en un mundo cada vez más complejo y tecnológico.
